A veces se puede ver la luna llena en Manhattan:
Diario de un periodista en Nueva York

Por David

Capítulo 6. Un paseo por los barrios. Las Cortes. La Comisaría. Los grafitis y los judíos.

En buena parte Alberto, de la agencia Ar-Col de Manhattan, nos había convencido en el primero de los viajes que hicimos en Nueva York, el del traslado al hotel. Haríamos dos excursiones con ellos. Porque bien puedes tú mismo recorrerte Manhattan. De hecho, es lo recomendable. Y recorrerlo pateando, con un calzado cómodo. Aún así conozco a quien le salieron ampollas llevando deportivas en los pies. De todos modos es la mejor forma de empaparte de la verdad neoyorquina. Saliendo pronto por la mañana puedes recorrer desde el hotel las interminables avenidas o zigzaguear entre las calles. Como ya sabemos hay muchas plazas hoteleras en Manhattan y de todo tipo de precios. Nosotros contratamos por Internet el viaje y elegimos el hotel Pennsylvania. Está marcado como un hotel de tres estrellas pero… En este punto vamos a hablar de los hoteles de Nueva York.

Como hemos dicho hay muchos pero no podemos fiarnos de lo que conocemos en España, por ejemplo. Es decir, un hotel de tres estrellas allí no es como uno de tres estrellas aquí. Debemos quitar dos estrellas para que podamos saber con más exactitud dónde nos metemos. Tres menos dos igual a una. Y si es de cuatro, pues cuatro menos dos igual a dos. La verdad es que el hotel lo quieres exclusivamente para dormir y ducharte. Y eso lo cumple uno de tres estrellas de allí de sobra. El Pennsylvania es un claro ejemplo. Un hotel muy antiguo de 1.700 habitaciones, 12 ascensores, 18 pisos y enmoquetado hasta el techo. Los baños antiguos, a juego con el edificio y hasta bien entrado noviembre no ponen la calefacción. Así que si vais en pleno octubre y refresca no os quedará más remedio que pedir un par de “blankets”, un par de mantas para abrigaros por la noche. Por norma general los hoteles en Nueva York son bastante caros. Por eso también tendréis que buscar y buscar. Las diferencias son considerables y el mercado de Internet es muy suculento. La mayoría de los hoteles se encuentran en Midtown, es decir, muy cerca de Central Park y a una distancia considerable de la zona baja financiera de Manhattan. Pero se puede hacer andando. Doy fe. Recuerdo de aquel largo paseo un par de cosas. Alguna reacción alérgica debí de tener pues me salieron unos granitos muy extraños en el cuello y manos. Afortunadamente desaparecieron a los 30 minutos pero durante ese periodo de tiempo nos volvimos locos buscando una farmacia. No perdáis el tiempo. No hay farmacias. Tan sólo dispensan medicamentos en algunos supermercados, pero tiendas con nuestra cruz verde, ninguna. ¡Si es que tienen mucho que aprender! De hecho el verdadero talón de Aquiles de la sociedad norteamericana radica en la salud: es la seguridad social. Es un serio problema. El otro recuerdo, éste más agradable, fue al paso por Greenwich Village. Una zona de casas bajas, típicas. Calles tranquilas y en agradable desorden. Allí nos encontramos con la grabación de una película. Rodeados de cables y de cámaras David Duchovni, el Malder de Expediente X y Robbin Williams aquella señora Dubtfire, se disponían a grabar una de las escenas de House of D. En Manhattan se han grabado muchas películas y se siguen grabando. Ahora más, puesto que, desde hace unos años hasta hace verdaderamente poco, los impuestos que debían pagar al ayuntamiento los habían subido hasta tal punto que los directores y productores optaban por salir a rodar fuera de Manhattan. Y siempre es una experiencia para el recuerdo. Lo cierto es que no fue la única película que vimos rodar. Así es Manhattan. Pero hay que vivirlo a pie de calle, a pie de obra. Respirar sus amaneceres. Perderse en Greenwich Village. Llegar hasta la Zona Cero. Pero eso en otra ocasión.

Otra forma de perderse es utilizar los servicios de una empresa que te ofrece excursiones a precios considerables pero no abusivos. Por 60 dólares, unos 60 euros, recorrimos la ciudad de Nueva York (4 de los 5 condados) en una mañana. Una excursión que comenzamos en la misma puerta del hotel.

Nos habíamos despertado pronto, y después de una ducha en el Pennsylvania, bajamos a desayunar al mismo lugar donde cenamos. Un local regentado por un chino y donde trabajaba un sudamericano con el que la comunicación era bastante más fluida. Para desayunar un buen café y un bagel. Una especio de bollo de origen judío del que os hablaré más adelante.

Justo a la hora en punto llegó el microbús de la empresa y comenzábamos el viaje. La primera de las alegrías para el cuerpo era el conocer a otras personas de España. Como Francisco de Sevilla. Supo poner la guinda al pastel. Salimos de Manhattan hacia el norte por Central Park West. Volvimos a pasar por la Plaza de Colón. Íbamos dejando a la derecha Central Park. A nuestra izquierda aparecían edificios importantes. Edificios de apartamentos y residencias de gente pudiente, muy pudiente. Demasiados dólares para unos bolsillos más bien justos como los nuestros. La primera de las zonas a visitar fue el Estadio de los Yanquees. Pero como a nosotros eso del béisbol no nos llama mucho la atención no nos decepcionó que un policía más bien antipático nos negara la entrada. Se estaban celebrando esos días importantes partidos de algún campeonato. ¿Por qué no aprenderán a jugar al fútbol como Dios manda? Cuando construyan algo aparecido al Bernabéu, entonces sí. De modo que no salimos del microbús y seguimos nuestra marcha. Íbamos a visitar unas zonas donde es mejor no bajarse. Llegábamos así a Harlem, al norte de la Isla de Manhattan. Harlem está ocupado en su gran mayoría por ciudadanos de origen afro-americano. En el extremo este de Harlem predomina el hispano en el llamado Spanish Harlem, ocupado mayormente por ciudadanos Puertorriqueños. Ahí, comienzas a comprender los contrastes de esta ciudad. Ahí recuerdas el lujo de Times Square y te parece no estar en la misma ciudad. Sigue el microbús su camino sin final aparente. Las tiendas están abriendo. Otras están cerradas. No hay horarios. No hay tantos dólares a la vista. Sin embargo no te parezca extraño encontrarte en plena calle con lujosos coches aparcados junto a la acera. Claro está, no se te ocurra llevar el tuyo porque lo único que encontrarás cuando vuelvas será el chasis. ¡Y eso con mucha suerte! Y entonces, ¿qué pasa con esos coches lujosos? Lo que pasa es que cada uno sabe de quién es cada cual y no están dispuestos a soportar las represalias venideras. En nuestro paseo nos encontramos con diferentes cortes. Las cortes son los juzgados allí. Una de ellas tenía una enorme cola de pacientes habitantes. Unos para solucionar sus problemas con la Justicia, la mayoría, y otros para pedir o renovar los permisos de residencia y emigración. Puedes ver, como en tantas películas, la típica mujer negra con su carrito de la compra. Tiene los guantes roídos y lleva zapatillas de andar por casa, pantuflas. También viejas. No se distingue su color verdadero. Lleva puesta una gorra de los Yanquees. Camina encorvada, empujando aquel carro. Dentro de él, tres cajas de cartón. Nadie, sino ella, sabe qué es lo que lleva allí. Colgadas de la parte de atrás, dos bolsas de tela azul son el único equipaje de una señora que no volveré a ver en la vida. Porque de eso también te das cuenta cuando observas a quienes te rodean. A todos, a casi todos, no los volverás a ver en la vida. ¡Ni ellos a ti! ¡Lo más seguro es que ni se hayan fijado en que estabas ahí mirándoles!

Tuvimos la oportunidad de entrar en una comisaría del barrio del Bronx. Mauro, nuestro guía en ese día, conocía al agente Mercado, que nos enseñó alguna de las salas de la comisaría. Los coches, los policías, los mostradores y el calabozo. Todo era de película. A la entrada, una gran exhibición de fotografías de todos los que perdieron sus vidas el 11 de setiembre. Siempre junto a palabras como coraje, honor o lealtad. Por supuesto que nos hicimos, no sólo mi hermano y yo, sino también la mayoría de los que íbamos en la excursión, la foto junto al coche de policía y al agente Mercado. Allí estaba él, junto al Ford Crown Victoria, posando para los turistas que venían de España. Alguien le dijo a nuestro amigo colombiano, a Mauro, que aquello de meter turistas en la comisaría se iba a acabar. Pero Mauro, respondía con una sonrisa y un movimiento hacia abajo de cabeza y decía: “Esta comisaría es un icono del cine americano y tiene por eso un gran interés para los visitantes”. Y se quedaba tan ancho. La verdad es que Mauro era y seguirá siendo un fanático del celuloide.

Otro de los aspectos que señalan más y mejor al Bronx y a Nueva York por extensión son las religiones. Aquí nos podemos encontrar con cualquier tipo de religión del mundo. Todas tienen representación en Nueva York. Aquí, en el Bronx, hay multitud de iglesias. Pero ya están olvidando el modelo de iglesia que todos conocen. Aquí, en el Bronx, cualquier lugar es bueno para hacer una iglesia. De hecho, en algunos chaflanes en los que no podría uno ni imaginarse una sola persona dentro, los vecinos del Bronx celebran misas. Misas muy diferentes, muy suyas. Pero en el fondo lo que se esconde detrás de estas iglesias son negocios. Cada iglesia recauda un 10% del sueldo de cada uno en concepto de ayuda a la comunidad. Y lo cierto es que los domingos aquello se abarrota de gente. ¡En fin! Seguía Mauro contándonos la vida del Bronx cuando llegamos a una zona donde había graffitis por todas partes. Pero no pintadas. Eso es diferente. Lo curioso es que los graffitis artísticos están permitidos y las pintadas no. Si la policía pilla a alguno haciendo una pintada la multa puede ser del estilo “1.000 dólares de multa y 100 horas de trabajo a la comunidad” y ese trabajo es también para los padres del muchacho. Así que, imagínese al crío, a la madre y al padre haciendo buenas labores como castigo. ¡Podíamos tomar buena nota de eso aquí!

Los graffitis artísticos están permitidos. Estos son, en ocasiones, verdaderas obras de arte en la pared de un viejo edificio. Uno de ellos mostraba la cara de un muchacho. Recuerdo su nombre: Amadou Diallo. Negro y joven. Se podía leer sobre su cabeza el mensaje “The American Dream” El sueño americano. La Estatua de la Libertad estaba a escala junto a aquella cara que miraba a ningún sitio. Pero la estatua no tenía una antorcha en su mano izquierda, sino una pistola. Y la cara, no era una cara. Era una calavera. Abajo uniformes de policía con caperuzas del kuklus-klan. Aquel muchacho vivía en aquella calle, que hoy lleva su nombre. Un día le dio el alto la policía y Amadou Diallo se echó mano al bolso de su pantalón. Fue un acto reflejo. No lo llegó ni siquiera a pensar. En ese momento los dos agentes de la policía descargaron sus cargadores. 37 balas después de aquello, el muchacho caía a los pies de los peldaños de la casa. Posiblemente buscara en su bolsillo las llaves para escapar del acoso policial al que estaba sometido, casi a diario. Hoy todavía se conservan en los ladrillos de la fachada los huecos provocados por los proyectiles. La droga o la no droga. Tenía 24 años.

Todos nos quedamos boquiabiertos. Pero lo grave es que, como él, había otros tantos jóvenes que, impregnados en las paredes en forma de mural e inmutables a las estaciones, al frío o al calor, reposaban y reposan en las calles del Bronx. Pero no lo imaginéis como en las películas. No es tan exagerado, pero sí es peligroso. Ni tanto, ni tan calvo. Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. Y como todo en este viaje que estamos haciendo por Nueva York, lo que siguió en el camino ese día, tendrá su continuación, pero más adelante. Antes tengo que recordaros una cosa. Si vais a Nueva York, consultad antes el calendario lunar. Quizá no tengáis suerte y os coincidan vuestros días con luna nueva. Es difícil, pero a veces, se puede ver la luna llena en Manhattan.