Capítulo 3. El Empire State Building y su hermano menor, el de la Chrysler.
Cuando llegas a Manhattan por primera vez te sientes pequeño, muy pequeño. Y perdido. Rodeado de tantos edificios, de tantas personas que no hablan tu mismo inglés, porque el que te enseñaron en el colegio no es el mismo que hablan allí, ni mucho menos. Y vuelcas tu cabeza en busca del final de aquellas torres que se elevan tan poderosas. No hay nada como pasear por los alrededores del que, hoy por hoy, es el edificio más alto de Manhattan, después de los atentados del 11 de setiembre. Estoy hablando del Empire State Building. 102 plantas de altura que sirvieron para que King Kong se batiera en duelo con aquellos aviones míticos. El Empire es una gran mole que asusta desde abajo y que enamora desde arriba. En el piso 86 tiene el Empire un observatorio desde donde se divisa un bello panorama de Nueva York. Pero claro, aquí llegamos a uno de los talones de Aquiles de esta sociedad: los dólares. En Manhattan todo, TODO se mueve por dinero. El dólar está presente en la calle, en las tiendas, en las mentes de los americanos. Y tiene que estar en la tuya también, pero sin dejarte embaucar. Si quieres subir al observatorio del piso 86 tienes que pagar 11 dólares por persona. A eso le puedes ir añadiendo dólares a cambio de otras ofertas como la proyección de películas en cines articulados o la visita con un bono muy interesante a otros tipos de atracciones de la Gran Manzana. Pero lo cierto es que nosotros sólo queríamos subir al piso 86 y pagamos 22 dólares. Antes de pasar por taquilla, debes esperar unos minutos a la cola. Pero lo tienen muy bien preparado. Te marcan el camino a seguir. Allí no hay embotellamientos. Tú vas pasando cual borrego por la senda delimitada por las cintas que no se pueden sobrepasar. Y como digo, antes de pasar por taquilla te sitúan junto a tu compañía delante de un fondo muy hermoso. Es una gran pared donde está dibujado el Empire State Building y donde hay espacio a su derecha para que te sitúes tú y quien vaya contigo. Allí te hacen una foto, te entregan un papel con un número y te colocan un sello en la mano que no se ve si no es con esa luz azul que comprueba que los billetes son falsos o no. Pero el sello no se ve a simple vista. Allí nos colocamos mi hermano y yo, sin saber muy bien si nos iban a obsequiar nuestros amigos los americanos con una foto del Empire. ¡Inocentes de nosotros! Todo está preparado. Al salir del observatorio hay colocado una enorme panel con todas las fotografías que han ido realizando. Algo parecido a un collage. Allí entregas el papel con tu número y un par de señoritas buscan como desesperadas tu fotografía. Te entregan dos iguales y te cobran 15 dólares por ellas. Claramente dijimos que no las queríamos y ellas intentaron metérnoslas por los ojos. Pero resistimos sus miradas inquisitivas y nos afianzamos en nuestro empeño. ¡No queríamos pagar 15 dólares, unas 2.500 pesetas, por un par de fotos! Detrás de nosotros otros turistas hacían lo mismo. Pero hubo quien no se enteró muy bien o le gustó demasiado aquel dibujo del Empire a su espalda, lo cierto es que también hubo quien las compró. Conocimos a otros españoles que había por Manhattan y nos contaron una breve historia relacionada con el Empire. Al subir al observatorio, al piso 86, los ascensores no lo hacen directamente. Primero suben 80 pisos, te bajas, te pasan esa luz azul por la mano para comprobar que te han puesto el sello, te llevan por una especie de tienda de regalos carísimos y te vuelven a llevar al ascensor, que ahora sí, te subirá al piso 86. Pero hubo quien, porque así nos lo contó Francisco Sánchez un amigo de una inmobiliaria de Sevilla, no quiso hacerse siquiera la fotografía ante el dibujo del Empire, en la planta baja, antes de pasar por taquilla. Receloso y desconfiado de que aquello era un negocio de lo americanos, ni siquiera posó. Ahí tentó a su suerte. En lugar de colocarle un sello, le colocaron dos. Al pasar el control del piso 80 y comprobar el guardián de turno que tenía dos sellos, la acción siguiente estaba clara. Como si de algo pactado se tratara, encaminaron a aquel hombre y a su compañía hasta una puerta donde había unas escaleras. A ellos no les llevaron de nuevo al ascensor. Tuvieron que subir los 6 pisos siguientes a pie, por las escaleras. Y como no sabían nada, tampoco pudieron protestar. Porque protestar, protestar… ¿a quién? ¿Y cuándo? ¿Al día siguiente? Y después de 6 pisos a patita subieron a ver el observatorio del piso 86 y listo.
Desde allí se ve todo. Los coches y los taxis en las calles, como de juguete. Las avenidas, los edificios, el Central Park, el bajo Manhattan, la Estatua de la Libertad allá a lo lejos. Tienes que tener en cuenta antes de subir el estado del día porque son muchos los días que las nubes no dejan ver el final del Empire y si subes así… imagínate la escena. Yo conozco a alguien que subió a las Torres Gemelas cuando todavía eran símbolo de Manhattan y al llegar arriba tuvieron que darse la vuelta porque sólo veían nubes.
Desde el observatorio del piso 86 se ve todo. Está al aire libre. Rodeado de una reja de unos dos metros y medio de altura y curvada hacia adentro con la terminación en punta. Desde allí puedes ver el edificio de la Chrysler o de la “Craisler” como lo pronuncian allí. Es conocido por su terminación de formas redondeadas y reflectantes. Muy llamativo y con historia. Un día, un buen hombre, multimillonario del sector del automóvil decidió hacer el rascacielos más alto de Manhattan. Construyó el edificio de la Chrysler y mantuvo el liderazgo durante 7 meses. El Empire estaba terminado. El Chrysler sería su hermano pequeño desde entonces.
Conozcamos más datos de este rascacielos, el más alto de Manhattan en estos momentos. Esto sólo hasta el 2008 que es cuando está prevista la inauguración del nuevo WTC con una torre que tendrá 1776 pies de altura en honor a la fecha de la declaración de la independencia.
Muy atentos a los datos siguientes porque tienen miga. La excavación del Empire State Building comenzó el 22 de enero de 1930 y su construcción empezó el 17 de marzo de 1930. La estructura se levantó a un promedio de 4,5 pisos por semana. El tiempo total empleado fue de un año y 45 días, incluidos domingos y fiestas, lo que significó 7 millones de horas de trabajo. Si miramos hacia arriba, la altura total es de 443,2 metros hasta lo alto del pararrayos del edificio y tiene 1.860 peldaños, desde el nivel de la calle hasta el piso 102. Tiene 6.500 ventanas y en su interior hay 73 ascensores y 6 montacargas, que alcanzan velocidades de 183 a 427 metros por minuto. La subida desde el vestíbulo al piso 80 puede hacerse en 55 segundos. Y un edificio tan monumental también genera basura en cantidades monumentales. Cada mes se retiran 100 toneladas de desperdicios y desechos del edificio.
Desde allí se puede ver todo. También se puede hacer la visita de noche. Es otra panorámica de la ciudad. De esa ciudad que nunca duerme, como cantó Sinatra. Pero de día se puede ver con claridad el Central Park, donde iremos más tarde; el edificio de las Naciones Unidas; el antiguo edificio de la PANAM que al quebrar pasó a manos de la compañía de seguros Met Life; y los ríos que bordean la Isla: El East River, o Río del Este y el Hudson River o Río Hudson. Dimos 2 o 3 vueltas por aquella terraza a 300 metros de altura aproximadamente y regresamos al hotel. Nunca se borrarán de mi mente todas aquellas imágenes. De hecho y por si acaso, hice alrededor de 40 fotografías desde allí. Un consejo que podéis tener en cuenta es que debéis haceros con una cámara de fotos digital con una buena tarjeta de memoria de 128 megas. Nosotros llevamos un ordenador portátil y cada día descargábamos las fotos que hacíamos. Y recordad que deberéis llevar o comprar allí un adaptador para la corriente. Pero sigamos en el Empire State Building. Sin duda merece la pena subir a lo alto del rascacielos.
Teníamos hambre. Habíamos encontrado un buen lugar para cenar. La noche caía sobre Manhattan y mañana teníamos que madrugar. De noche, por las calles iluminadas de esta Capital del Mundo, te pierdes entre el barullo de gente, de taxis y de policías por todos lados. Y siempre hay un claxon sonando. Y… es difícil, pero a veces es posible ver la luna llena en Manhattan.